Por qué escribo sobre monstruos

Un recorrido entre recuerdos, monstruos y heridas que nunca terminaron de cerrar. Historias donde la infancia, el miedo y la tristeza siguen respirando bajo las luces apagadas de Halloween.

Benito

8/8/19943 min read

Creo que todo comenzó antes de que entendiera realmente qué era el miedo. Mucho antes de hospitales. Antes de los cadáveres. Antes de los pueblos de adobe. Antes de los divorcios. Antes de aprender que algunas personas pueden destruirte lentamente sin levantar demasiado la voz.

Comenzó una noche de Halloween. O quizá muchas noches mezcladas en una sola. Recuerdo máscaras colgadas afuera de las tiendas del centro. Frankenstein caminando entre la multitud de una arena de lucha libre. El olor a plástico nuevo, algodón de azúcar y humo de puestos ambulantes. Mi madre cosiendo una capa negra y roja de vampiro que, por alguna razón, me aterraba más de lo que me emocionaba usarla.

También recuerdo las pesadillas. No las pesadillas exageradas de las películas. No. Pesadillas infantiles reales. Esas donde uno despierta sudando, convencido de que algo sigue escondido dentro del cuarto aunque la luz esté encendida. Por años pensé que escribía sobre monstruos porque me gustaba el horror. Después entendí que no era eso.

Escribo sobre monstruos porque crecí intentando descubrir cuáles eran imaginarios y cuáles eran reales. De niño me daban miedo:

  • Frankenstein,

  • las brujas,

  • los perros enormes,

  • los corredores oscuros,

  • las máscaras sin ojos,

  • las películas rentadas en VHS,

  • y ciertas ilustraciones viejas de libros infantiles.

Pero el tiempo hace algo extraño con el miedo, lo cambia de forma. Los monstruos de la infancia terminan mudándose a otros cuerpos. A veces se convierten en hombres borrachos golpeando mujeres dentro de casas de adobe. A veces en padres ausentes. A veces en hospitales llenos de gente sola. A veces en recuerdos. A veces en uno mismo. Supongo que por eso mis historias están llenas de carreteras vacías, pueblos perdidos, perros observando desde la oscuridad y personas que parecen cargar algo roto dentro del pecho.

Porque así recuerdo muchas partes de mi vida. Durante mucho tiempo pensé que la nostalgia era algo bonito. Luego descubrí que también puede ser una enfermedad. Hay recuerdos que no regresan para acompañarte. Regresan para perseguirte. Por eso en mis cuentos aparecen:

  • Halloween,

  • MTV,

  • Jordan,

  • Batman,

  • máscaras de lucha libre,

  • películas viejas,

  • música sonando dentro de carros,

  • y noches donde pareciera que el tiempo se quedó atrapado en algún lugar de los años noventa.

No son referencias retro... son ruinas emocionales. A veces siento que todos seguimos viviendo dentro de la época donde algo nos rompió por primera vez. Tal vez por eso nunca olvidé aquella capa de vampiro. Ni a Frankenstein. Ni a la bruja pelirroja que regalaba dulces. Ni los ojos de ciertos perros. Ni las madrugadas viendo televisión con el volumen bajo para no despertar a nadie.

Con los años entendí algo peor, los monstruos imaginarios suelen desaparecer. Los reales no. Los reales envejecen contigo. Aprenden a manejar. Se divorcian. Trabajan en hospitales. Escuchan canciones viejas dentro de un carro. Viven solos con perros. Se despiertan a las tres de la mañana pensando en personas que ya no están. Y aun así… siguen intentando entender en qué momento comenzó todo.

Escribo porque hay recuerdos que no desaparecen aunque uno cambie de ciudad, de trabajo o de vida. Escribo porque algunas imágenes nunca terminan de irse: la sangre, la lluvia, la fiebre, las máscaras, los pueblos, las luces amarillas de las carreteras, los niños asustados, los adultos fingiendo que ya no lo están.

Escribo porque todavía hay noches donde cierro los ojos y sigo escuchando los pasos de Frankenstein acercándose por el pasillo. Y porque después de tantos años creo haber entendido algo importante: el verdadero terror nunca fueron las brujas. Era descubrir que el mundo real podía parecerse demasiado a ellas.

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