
Por qué mis personajes siempre están rotos
Una exploración sobre hombres rotos, pueblos vacíos y recuerdos que continúan respirando bajo la piel del tiempo. Historias donde la tristeza, la memoria y el abandono se convierten lentamente en los verdaderos monstruos.
Benito
6/28/19963 min read


Durante muchos años pensé que escribía historias de terror. Después entendí algo peor: casi nunca inventé realmente a los monstruos. La mayoría ya existían. Los encontré trabajando en todas partes. Manejando trailers. Sentados afuera de cantinas. Llorando dentro de carros estacionados. Esperando en salas de urgencias. Golpeando paredes. Escondiendo moretones. Durmiendo solos. Mirando fotografías viejas a las tres de la mañana. Algunos incluso tenían mi cara.
Con el tiempo descubrí que lo verdaderamente difícil no era escribir horror. Era escribir tristeza. Especialmente la tristeza de ciertos hombres. Hombres que crecieron escuchando que debían soportarlo todo. Que llorar era vergonzoso. Que hablar demasiado era debilidad. Que trabajar hasta romperse era normal. Que extrañar a alguien debía ocultarse como una enfermedad. Por eso muchos de mis personajes parecen emocionalmente incompletos. Porque casi todos están intentando sobrevivir mientras cargan algo que nunca aprendieron a nombrar. Creo que la medicina empeoró eso. O quizá solamente me obligó a verlo de cerca.
Los hospitales tienen algo extraño: destruyen lentamente la fantasía de que el mundo tiene sentido. Uno entra creyendo que las personas se enferman por razones justas. Que la gente buena recibe finales buenos. Que el esfuerzo sirve de algo. Después aparecen:
niños golpeados,
mujeres aterradas,
alcohólicos olvidados,
ancianos abandonados,
cadáveres sin nombre,
pueblos sin médicos,
y personas destruidas intentando seguir funcionando normalmente.
Entonces entiendes algo horrible: la mayoría de la gente no vive. Solamente resiste. Por eso mis historias casi siempre ocurren en:
carreteras,
pueblos pequeños,
habitaciones vacías,
clínicas rurales,
estacionamientos,
Oxxos abiertos de madrugada,
o casas donde alguien ya se fue.
Son lugares donde la gente permanece suspendida. Como si estuvieran esperando algo que probablemente nunca llegará. A veces me preguntan por qué mis personajes siempre están solos. La respuesta es sencilla: porque mucha gente realmente lo está.
Especialmente después de los treinta. Uno comienza a perder personas lentamente: amigos, parejas, familia, versiones de sí mismo. Y un día descubres que tus conversaciones más honestas las tienes:
manejando de noche,
hablando con perros,
escuchando canciones viejas,
o recordando algo que ocurrió hace veinte años.
Quizá por eso escribo tanto sobre nostalgia. Pero no sobre la nostalgia bonita. No me interesa la nostalgia comercial. No me interesa “recordar los noventa”.
Me interesa algo mucho más incómodo: la sensación de descubrir que algunas partes de uno mismo se quedaron atrapadas allá. A veces pienso que muchos adultos siguen viviendo emocionalmente dentro del momento exacto donde algo los rompió. Un divorcio. Una muerte. Una noche. Una llamada. Una carretera. Una canción. Una persona.
Todo lo demás solamente ocurre alrededor. Por eso mis cuentos están llenos de:
hombres cansados,
mujeres destruidas,
niños asustados,
pueblos enfermos,
perros observando en silencio,
y personas que intentan regresar a algo que ya no existe.
No escribo personajes rotos para hacerlos interesantes. Escribo personajes rotos porque casi todas las personas que he conocido lo estaban un poco. Algunas solamente aprendieron a ocultarlo mejor. Con los años entendí que el horror más real no vive en castillos ni cementerios.
Vive en:
la violencia normalizada,
la tristeza heredada,
la pobreza,
el abandono,
el alcoholismo,
la culpa,
y la incapacidad de decir “te extraño” antes de que sea demasiado tarde.
Quizá por eso mis historias nunca terminan realmente felices. Pero tampoco completamente derrotadas. Porque incluso dentro de toda esa oscuridad siempre aparece algo intentando sobrevivir: un recuerdo, un hijo, una canción, un perro, una fotografía, un abrazo, o una pequeña conversación a mitad de la noche.
A veces eso es suficiente. A veces no. Pero supongo que escribir nació justamente de ahí:
de intentar entender cómo seguimos viviendo después de perder tantas cosas. Y quizá también de aceptar que algunos fantasmas nunca se van. Solamente aprenden a sentarse junto a nosotros en silencio.
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